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Información sobre el Cusco, Perú
Con la trayectoria artística que Alberto Quintanilla La mar (Cusco, 1934) tiene tras de sí, y con el tiempo que siempre le resulta
apretado, yendo y viniendo entre París, Lima, Cuzco u otra ciudad
europea donde tenga que exponer, cualquiera diría que es muy difícil de
conseguir una entrevista con él y aún más, de poder conversar sobre su
obra y su vida, y sonsacarle algunas opiniones y secretos.
A lo largo de mi trabajo periodístico siempre desee conocer a Alberto
Quintanilla y hacerle una entrevista. Había visto sus cuadros y
esculturas y leído sobre él en infinitos reportajes. La oportunidad se
presentó en la exposición “La sabiduría del ojo” que le organizó la
UPCI en Lima, en abril del 2009. Allí, y después de algunas llamadas
telefónicas posteriores, pude concertar la entrevista.
Alberto Quintanilla me espera muy temprano en su casa taller frente al parque Washington en el cercado limeño. Ocupa el último piso de un
edificio. Los grandes ventanales nos permiten admirar el paisaje
brumoso de la ciudad. Café y palta de por medio, en una larga mesa, en
un gran salón, entre cuadros, esculturas, caballetes, máscaras,
estantes con libros y un sinfín de curiosidades a medio hacer,
iniciamos la conversación.
¿Qué recuerdos tiene de su niñez?, le pregunto. ¿Qué escenas pueden remontarnos a su vocación artística?
Hay dos cosas que podrían mencionarse de mi niñez. Una, que yo desde
muy niño agarré la masa y la pasta e hice escultura e imaginería de
santos. Luego llevaba a vender a la feria de navidad que se hacía en la
plaza de Armas del Cusco. Y dos, que yo empecé a leer desde muy niño.
La lectura y cultura fue muy importante en mi familia. Tuve contacto
con la clase intelectual cuzqueña y con ella aprendí a sentir el Cusco.
Al mismo tiempo tuve contacto con algunas amigas de mi abuela. Personas
humildes pero con una gran sabiduría. Recuerdo a Juliana de Vargas,
cocinera, que sabía mucho de gastronomía regional y de curaciones
naturales y a Salomé, señora de falda y mantón, con mucho humor y
bastante moderna. Ellas tenían una cultura natural, no habían leído
libros ni estudiado pero tenían sabiduría. Ellas me contaban las
historias de aparecidos, desaparecidos, condenados, del Chullachaqui,
de personajes fantásticos que echaban polvitos blancos para desmayar a
las personas y sacarles la grasa. Eso me estimulaba. Quería conocerlos,
verlos, desafiarlos.
Quintanilla es un hombre de baja estatura y contextura gruesa, cabello cano, curioso, jocoso, con un dejo y una conversación
cosmopolita pero al mismo tiempo, andino, cusqueño, peruano. Al verlo
caminar imagino que él mismo es un pequeño duende salido de sus propios
cuadros. Magia colorida de iluminación y misterio.
Estudió en la Escuela de Bellas Artes de Lima. Al concluir los estudios ganó un concurso que le permitió obtener una beca a Francia.
Así partió a Europa. Era 1959. En 1963 hizo su primera exposición en
París. Vendió 11 cuadros.
¿Qué significó dejar el Perú y viajar a París? La experiencia tuvo que ser intensa y muy alentadora para que finalmente
decidiera quedarse y echar raíces allí. ¿Cómo fueron aquellos años?
En principio, ya en el Cusco había aprendido mucho. Cuando vine a la
escuela de Bellas Artes de Lima había gente que no sabía hacer sus
colores, en cambio yo me fabricaba la tela, el bastidor. No entendía
por qué esos medios técnicos no se enseñaban en la escuela, me parecía
absurdo y limitante para el alumno. Muchos esperaban solamente el
diploma como si con ello se convertirían en grandes y buenos pintores.
Querían surgir sin hacer ningún esfuerzo. (Frunce el ceño) Entonces
cuando fui a Europa la gente me dijo: Vas para perfeccionarte. Pero no
era así. Yo dije: ¿De qué imperfección me voy a perfeccionar? Fui a
Europa con mi diploma recién obtenido pensando en trabajar pero el
diploma no valía nada, felizmente tenía la beca. Como me di cuenta de
que no era nada allí, tuve que matricularme en la escuela de Bellas
Artes de París, en el primer año de grabado, porque ya había estudiado
pintura, óleo y mural. Para poder sostenerme hice muchas cosas: lavé
platos en un restaurante durante seis meses y una noche de esas
faltaron los músicos que hacían el show. Como yo cantaba, el dueño me
pidió que salve la noche. Canté un huayno y toqué mi guitarra. Me
anunció de la forma más honesta. Dijo: Aquí tenemos un muchacho que
lava los platos pero es un artista. Me aplaudieron bastante. Entonces
cambié de puesto. De lava platos a cantante. Canté todo el año,
continué con los estudios en la escuela y seguí trabajando en pintura
hasta mi primera exposición en 1963.
¿Cómo fue la respuesta a su propuesta artística?
En Europa pude expresar mis ideas con mucha facilidad. En mi obra
hablaba de los mitos y leyendas del Perú y eso les interesaba,
igualmente sucedió con el estilo y la técnica que empecé a desarrollar.
En el Perú, más bien, en un inicio todo fue rechazado, criticaban el
hecho de poner un diablo volando o un personaje en el aire. No se
dieron cuenta que esto respondía a mis fantasmas y que yo estaba
inventando una nueva figuración y forma de pintar. Entendí que había
gente que rechazaba sistemáticamente a quienes pensaban en su país y
actualmente lo sigue habiendo.
Lo han llamado con distintos nombres: el pintor fantástico, el pintor del sueño, de la magia. ¿Con cuál de ellos se siente más a
gusto?
El público siempre pone un nombre y califica de varias formas a los
pintores y a sus obras. Por mi parte que me llamen como quieran, no me
hago problema. Yo sigo pintando y buscando. Mi vida siempre ha sido una
observación al Perú y a sus personajes, al misterio y lo fantástico que
tiene. Siempre digo que nos han conquistado pero que no nos han
descubierto. En el Cusco aprendí a hacer muchas cosas porque no tenía
un profesor que me limitara. Y a veces en las escuelas hacen eso,
limitar al alumno. Creo que la curiosidad debe ser muy importante. Hay
que meter el dedo a la llama para poder quemarse. El que no se quema no
aprende nunca. Los ojos nos permiten curiosear y descubrir a medida que
uno va cultivándose. (Abre los ojos) Alguna vez dijeron Quintanilla
hace escultura, pintura, dibujo, grabado y “quien mucho abarca poco
aprieta”. Perdón, pero son frases tontas. El arte tiene que sentirse,
no tiene por qué limitarse. La pintura es como la cocina, mientras más
gusto tengas más platos haces.
A estas alturas hablar de la trayectoria artística de Quintanilla resulta insulso. Basta revisar cualquiera de sus catálogos para saber
que ha hecho de su vida un lienzo en constante color y forma, de nunca
terminarse, de reinventarse a cada trazo, y que ello ha calado fondo en
sus espectadores y seguidores. Ha publicado también poemas en un libro
titulado “Tayanka” (Petroglifo, 2004) que cariñosamente me obsequia y
dedica.
¿Cómo empieza a pintar un cuadro? ¿Trabaja al mismo tiempo en varios?
El dibujo es la base de todo mi trabajo. Primero hago uno y lo voy
estudiando, es muy importante para mí utilizar la tinta china y la
pluma, por más que algunos ignorantes digan que eso es anticuado y que
es una técnica que ya nadie usa. A veces pinto varios cuadros a la vez
y a veces, sólo uno me lleva tres meses.
Ha creado un mundo pictórico con diversos personajes: diablos, animales, hombrecillos, etcétera. Todos son fácilmente
reconocibles como si llevaran el sello distintivo de su obra. Muchos
aparecen también en sus esculturas. ¿Cuál es la relación entre ellos?
¿Quiénes surgen primero?
Lógicamente que hay una intima relación, conciente e inconciente. Lo
que pasa es que siempre estoy buscando, siempre estoy construyéndome.
Es una manera de descubrir. No me limito cuando hago los bocetos y
creo. Todos esos personajes han ido apareciendo a lo largo de mi
trabajo. El perro, los músicos o el que vuela con las rueditas que ya
aparece en los cuadros de mi primera juventud y que se ha ido
metamorfoseando. Es algo así como un muñequito de Chancay burdamente
delineado pero al que después le pongo ojos, boca, ruedas y le doy una
dinámica. Algunos críticos en Francia han señalado que mis exposiciones
son como un puñete en el vientre, seguramente por toda esa suerte de
personajes volando, con dos cabezas, perros botando fuego, diablos, en
fin.
Quizá usted mismo encarna a sus personajes, sobre todo al hombrecito con cuernos. (Sonrisa disimulada)
Sí. (Risas) Mi signo es Tauro, tengo cuernos de nacimiento. Debo tener
muchos. (Risas). Puede ser que algunos de los personajes sean mi
autorretrato. He soñado también un montón de veces no sólo con estos
personajes, sino con otros que todavía no han sido pintados. A veces me
procuran pesadillas.
Ciertamente aunque Quintanilla no los vea, los personajes de sus cuadros, esculturas y grabados caminan detrás de él siguiéndolo a cada
sitio que va. Los pasos de su caminar apurado se conjugan con los de
sus acompañantes: diablos, diablitos, hombrecillos, lobos tirados a
perros, perros tirados a lobos, dos cabezas, cuatro cabezas. Todos
mueven las colas, los cachos y los rostros en fiesta de color y armonía
de trazo.
Una gran parte de la obra de Quintanilla lleva consigo como una característica propia la figura del perro volador de dos cabezas:
Perros mágicos, perros dorados, perros diablos, dulzura canina en óleo
azul de rojo morado, ladridos guau, guau, en poesía de tela luminosa.
¿Cómo así aparece la figura del perro en su obra? ¿Se ha vuelto un elemento recurrente e importante?
Mi abuelo me contó un montón de historias de perros y lobos. Me decía
que siempre en la vida del hombre hay un lobo, por eso que fue este
animal quien amamantó a Rómulo y Remo. Entonces para mí, el lobo se
metamorfosea, se convierte en perro después de haber dado de amamantar,
de ahí que sea el mejor amigo del hombre.
En varios de sus cuadros se ve a la Luna y a los perros. ¿Qué relación hay entre ellos?
Según una historia peruana el perro se enamoró de la Luna y le rogó que
viniera a él pero ella no pudo. Entonces el perro se propuso ir a verla
pero se pregunta ¿cómo? ¿Volando? Entonces una noche pasa el milagro y
el perro vuela y se va con la Luna y el mundo queda en tinieblas. Nueve
meses después la Luna y el perro vuelven enamorados a la tierra, a las
playas de Chan Chan y la Luna da a luz a los Chimus. Es un mito
fantástico que me contaron. Son estas historias las que alimentan mi
trabajo y mi creatividad.
¿Le gustan los perros, los reales de una sola cabeza?
Claro que sí. (Risas) En París me hicieron la misma pregunta y yo
respondí que desde que tengo hijos ya no tengo perros. Es irónico.
(Risas) Ahora ya no tengo perros porque es una dificultad. Es más fácil
viajar con mis hijos que con perros. (Nuevas risas)
“Comotú” fue el más querido y recordado perro de Quintanilla cuando aún vivía en el Perú. “Comotú” murió hace muchos años. Quintanilla aún lo recuerda. Luego vinieron “Quincemil”, “Bluto” y “Titina”.
Juega mucho con el detalle de las dos cabezas, no sólo en los perros sino casi con todos sus personajes. ¿Cómo surgió esta idea?
Surgió de casualidad. Tuvo que ver con la historia de un singular tío
mío que se suicidó. El sufría del mal de Parkinson y desesperado por su
enfermedad intentó suicidarse. Al hacerlo algo salió mal y no se mató y
más bien logró curarse de la enfermedad. Eso causó bastante sensación y
risa en mí. Años después como aún le quedaba cierta vocación suicida un
buen día se metió a una tina llena de agua y murió ahogado. Entonces
pensando en él me propuse hacer su retrato. Dibujé en la tela su perfil
varias veces pero no me salía, borraba y luego lo hacía de frente. Así,
en algunos de los intentos del dibujo se me ocurrió dejar las dos caras
y no resultó mal. Luego, en alguna exposición cuando presenté el
cuadro, que lo titulé “Mi tío”, dos señoras dijeron al mirarlo, uno es
el hipócrita y otro el sincero. Otros dijeron que era el hombre de
doble personalidad, que se desdobla en sí mismo. Me pareció interesante
todo eso y continué creando con ese detalle.
Como siempre me ha sucedido. Ha tenido que pasar un largo tiempo para madurar, editar, leer y publicar esta entrevista. Estoy en deuda
con Quintanilla a quien le dije que la entrevista saldría publicada en
dos semanas. No obstante, dos semanas, diez meses, o más, ya no
importa. Lo que importa es mantener a través de las palabras la esencia
de aquel momento. Magia de colores, mundo de personajes irreales que
nos miran y por alguna razón indescifrable se instalan en el fondo del
corazón.
¿Fue amigo de Víctor Humareda?, pregunto por último a Quintanilla antes de comenzar la sesión de fotos. ¿Qué recuerda de él?
Sí, fuimos compañeros. Humareda nunca hablaba de la sierra, no le
importaba, él se hizo una imaginación sobre el país, sobre Lima, y
gozaba de eso. Decían que era alcohólico, pero es totalmente falso,
tomaba café con leche y pan chancay. Era chistoso escucharlo contar de
sus fantasmas, sobre las medias nylons de Marilyn. Fui su vecino en 28
de Julio, vivía en el hotel y venía a la escuela a visitar a los buenos
amigos. Ahora, mucha gente que nunca lo conoció dice que lo conoció y
también hay mucha gente que lo quiere y lo reconoce.
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